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Moscú, 17 mar (EFE).- Rusia consumó hace diez años la anexión de la península ucraniana de Crimea, incorporación que, aunque incruenta, abrió las puertas a la actual guerra entre Moscú y Kiev al hacer realidad los planes revanchistas del Kremlin.

Crimea volvió al redil ruso el 18 de marzo de 2014 cuando el presidente ruso, Vladímir Putin, firmó en el Kremlin un tratado bilateral por el que la península y el puerto de Sebastopol se integraban en la Federación Rusa.

En estos diez años el antagonismo entre Rusia y Occidente, que sigue reconociendo a Crimea como territorio ucraniano, ha colocado a Europa al borde de un conflicto armado.

 

Maidán, la excusa perfecta

El Kremlin encontró la excusa perfecta en el Maidán, la revolución europeísta que estalló en noviembre de 2013 y desembocó en el derrocamiento del prorruso presidente ucraniano, Víktor Yanukóvich.

Alentados por grupos subversivos rusos vinculados con los servicios secretos -Ígor Strelkov, el héroe de la sublevación armada del Donbás, reconoció haber conspirado con el líder crimeo, Serguéi Axiónov-, las autoridades peninsulares convocaron un referéndum para independizarse de Ucrania.

Para garantizar que Kiev no saboteara la “libre” expresión de la voluntad popular, Putin aprobó el despliegue de tropas rusas en la península, “los pequeños hombres verdes”, que bloquearon todas y cada una de las guarniciones militares ucranianas.

EFE fue testigo entonces de cómo soldados rusos fueron apostados en los principales centros estratégicos de Simferópol, capital crimea, para lo que contaron con la inestimable asistencia de los cosacos.

Aunque es verdad que no hubo enfrentamientos armados, las fuerzas de seguridad rusas se encargaron de silenciar cualquier atisbo de disidencia, representada por la minoría tártara, que fue severamente reprimida.

 

Anexión ilegal

El siguiente paso fue celebrar el histórico referéndum por el que Crimea rompió lazos con Ucrania, a la que había pertenecido desde 1954, derecho de autodeterminación que Putin no reconoció en el caso de Chechenia o Tatarstán.

El 16 de marzo los crimeos recibieron una papeleta con dos opciones: la reunificación con Rusia o mantener el estatus de Crimea como parte de Ucrania.

El resultado fue inapelable, un 96,5 % de los crimeos -más del 80 % de los cuales eran rusos étnicos- apoyaron ser parte de la Federación Rusa.

Putin certificó el paripé al aprobar la independencia de Crimea, que duró 30 horas, y sellar la anexión de la península el 18 de marzo.

El resto es historia. Según el Kremlin, Putin había advertido insistentemente a Occidente que el reconocimiento de la independencia de Kosovo abriría la caja de pandora del separatismo. El que avisa no es traidor.

Seguidamente, Occidente condenó la anexión ilegal de territorio ucraniano y lanzó contra Rusia la mayor campaña de sanciones internacionales que se recuerda.

 

Reescribir la historia

En un intento de ganar adeptos a su causa y contrarrestar las acusaciones de violar el derecho internacional, el Kremlin llevó la batalla al campo de la historia, un terreno donde se encuentra muy cómodo.

El partido del Kremlin, Rusia Unida, presentó esta semana un proyecto de ley para declarar ilegal la entrega de Crimea a la República Socialista Soviética de Ucrania en febrero de 1954.

Los diputados oficialistas denuncian que esta decisión fue “aprobada por medio de actas normativas que carecían de fuerza jurídica” y “no se corresponden con los principios básicos de un Estado de derecho ni de las leyes internacionales”.

Es decir, que fue una decisión caprichosa tomada por el secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética, Nikita Jruschov, de origen ucraniano.

Precisamente, un mitin con ocasión del décimo aniversario de la anexión crimea se celebrará el lunes en la plaza Roja, acto al que podría acudir Putin, que celebrará probablemente entonces su reelección para un quinto mandato presidencial.

 

Trampolín para la invasión

El retorno de Crimea provocó una explosión de júbilo popular -el 86 % de los rusos sigue apoyando la anexión, según una reciente encuesta- como no se recordaba desde la caída de la URSS en 1991.

Con todo, Putin, al firmar la anexión, negó que Moscú tuviera intención de apropiarse de otras regiones ucranianas donde la población rusohablante era mayoritaria, es decir, el este del país vecino.

“Rusia no busca dividir a Ucrania. No tenemos necesidad de ello”, dijo y alabó a los militares ucranianos que evitaron un baño de sangre en Crimea.

Con todo, la península sirvió de trampolín para la sublevación armada prorrusa que estalló un mes después en el Donbás y de plataforma para la actual campaña militar, que ha permitido tender un corredor entre la Rusia continental y la península, vinculadas hasta entonces por un puente.

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