Salto (Uruguay), 11 dic (EFE).- Cinco whiskys, varias aguas y una botella y media de vino. Ese es el detalle de los extras por los que pagó Carlos Gardel en 1933 cuando ocupó la habitación 32 del Gran Hotel Concordia, en Salto, donde la leyenda popular cuenta que sigue vagando su espíritu.

Realidad o fantasía, lo cierto es que en el cuarto que albergó al ‘Zorzal Criollo’ del 23 al 25 de octubre de 1933, apenas dos años antes de su prematura muerte en un accidente aéreo, el tiempo parece detenido.

La cama tendida, tres sombreros colgados en un perchero y recuerdos del autor de “Mi Buenos Aires querido”, incluida la factura que debió abonar y que incluye una ‘ll’ en su apellido (Gardell), convierten la modesta pieza en una especie de museo dedicado al ‘Mago’, de cuyo nacimiento se cumplen este sábado 131 años.

¿Dónde? En el establecimiento no tienen dudas. “Mi corazón es argentino… Pero mi alma uruguaya porque allí nací”, dice un pequeño letrero colocado en la recepción del hotel más antiguo que aún funciona en el país sudamericano.

“Hay muchos mitos. No los he vivido, los he escuchado, pero todo lleva un ambiente y una esfera fantástica. No los puedo decir porque no los viví, pero sí los escuché”, dice a Efe Yanina Haczek, quien trabaja en el Gran Hotel Concordia.

Fotos, afiches, pinturas relacionadas con el tango e incluso algún viejo disco de pasta… Todo sirve para recordar a Carlos Gardel, cuyo nombre está en la entrada de este cuarto que ya no recibe más huéspedes.

Ella aclara por qué: “Eso es patrimonio, eso es intocable porque es único”.

Detalle del registro de ingreso del cantante de tango Carlos Gardel al Hotel Concordia, el 23 de octubre de 1933, en Salto (Uruguay). EFE/Raúl Martínez

PATRIMONIO NACIONAL

Sobre un mediodía primaveral, cientos de personas caminan por el centro de Salto entre tiendas y restaurantes que pueblan esta turística ciudad del noroeste uruguayo.

Entre todas esas puertas, la que conduce al interior es bien especial: una imagen a tamaño real y en madera del ‘Morocho del Abasto’ da la bienvenida a los visitantes en su paso hacia el Patio Andaluz, uno de los siete que conserva el recinto.

Muebles antiguos, caricaturas, pinturas y cuadros, una bodega e incluso un pequeño teatro forman parte del acervo de un lugar que pocos imaginan antes de cruzar el umbral.

Fundado en la década de 1860 y declarado Patrimonio Nacional, el Gran Hotel Concordia funciona también como Centro Cultural que lleva a cabo diversas actividades y guarda algunas de las más destacadas historias del lugar.

Según la información brindada a Efe, los carruajes y la caballeriza fueron algunos de los primeros servicios que ofreció el hotel.

También, el de “baños a todas horas”, como muestra un anuncio de 1876 que promocionaba un abono por “doce sesiones de cómoda higiene” para quien quisiera asearse sin las complicaciones de calentar agua en el domicilio.

Otra faceta del Concordia llegó cuando muchos profesionales, como médicos, dentistas o abogados, utilizaron las habitaciones para sus consultorios y, según documentos, uno “confeccionaba narices mecánicas, labios elásticos y tapones sobre heridas de la cara y se encargaba de la colocación de ojos artificiales”.

Registro de una placa en la entrada de la habitación 32 en el Hotel Concordia, en la que se hospedó el cantante de tango Carlos Gardel en 1933, en Salto (Uruguay). EFE/Raúl Martínez

“CONVERTIDA EN MARIPOSA”

Varias habitaciones están bautizadas con los nombres de ilustres huéspedes, como la artista uruguaya Agó Páez Vilaró o el caricaturista argentino Peloduro; sin embargo, el muro que más emociona es el dedicado a Marosa di Giorgio, una de las voces más particulares de la escritura latinoamericana.

“Quizás vuelva convertida en mariposa…” es la frase que dijo a un amigo suyo días antes de morir y que, desde 2004, reposa en su lápida. Con este lema, el hotel también recuerda a una de las hijas más famosas de Salto, nacida 16 meses antes de que Gardel se alojara allí.

Fue en octubre de 1933, inmerso en una gira que le llevó por otras localidades uruguayas y argentinas antes de su definitivo periplo por Europa y Estados Unidos del que jamás regresaría al Río de la Plata.

La actuación en el Cine Ariel, en el que se presentó con los músicos Héctor Pettorossi, Guillermo Barbieri, Ángel Riverol y Julio Vivas, costó un altísimo precio para la época (1 peso) pero, según las crónicas, “el entusiasmo” y “la vehemencia” en los aplausos del público hicieron que la función se prolongase dos horas más de lo previsto.

Fuera de las paredes del hotel, la vida transcurre con su calma habitual sin que nadie pueda siquiera imaginar que en su interior alguna vez durmió el ‘Mago’ y, quizá, solo quizá, su espíritu vague “errante en las sombras”, como cantó en “Volver”.

Santiago Carbone

Publicidad