La Haya, 02 JULIO (EFE).-  La neerlandesa  Dewi Deijle lleva años buscando a su madre biológica en Indonesia. Amanda Jansen se pierde entre datos falsos de su certificado de nacimiento en Sri Lanka. Farida van Hulst vive en un caparazón para no pensar en su madre biológica, pero no saber la atormenta.

Gideon sospecha que un ginecólogo en Brasil lo vendió a una familia holandesa.

Todos son víctimas del tráfico de bebés que durante tres décadas era moneda común en Países Bajos, bajo la cobertura de procesos de adopción para “hacer el bien”.

“Mis documentos están falsificados, no puedo encontrar ninguna información sobre mis raíces. Siempre supe que fui adoptada, para mi eso no es un problema, el problema es que mis papeles son falsos y es muy posible que mi madre biológica no quisiera darme en adopción”, relata Dewi Deijle en un encuentro en La Haya.

Otros jóvenes, padres y activistas han hablado con la agencia Efe en Países Bajos, Bangladesh, Brasil y Sri Lanka para desmadejar el cúmulo de irregularidades en que se produjeron las adopciones internacionales en Países Bajos entre 1967 y 1998: falsificación de registros, engaños e incluso la sustracción de bebés.

FUNCIONARIOS INVOLUCRADOS

(VIDEO: EFE)

“El Gobierno holandés no ha actuado, al apartar la mirada durante años de los abusos en la adopción internacional”, admitió este año el ministro de Protección Legal de Países Bajos, Sander Dekker.

Asumió así las primeras conclusiones de una comisión formada en 2018 y dirigida por el jurista Tjibbe Joustra, que ha documentado indicios de abusos desde los años sesenta y ha recomendado suspender las adopciones en el extranjero porque considera el sistema todavía susceptible de fraude “hasta el día de hoy”.

En su informe, difundido en febrero, la comisión asegura que hubo representantes oficiales “involucrados”, aunque “no se han encontrado indicios de sobornos o corrupción entre funcionarios holandeses” en un sistema que describe como basado en “falsificación de documentos, abuso de la pobreza y la entrega de los hijos a cambio de pago o coacción”.

 A Deijle, las pesquisas la llevaron hasta lo que queda del orfanato de Yakarta donde sus padres adoptivos la recogieron en 1980. El responsable  del lugar le dijo que “el 80 % de los certificados de aquella época contienen firmas o nombres falsos”, lo que hace que sea “muy difícil” saber de dónde viene.

 “Yakarta era como un centro de distribución” de niños y ella podría haber nacido lejos de la capital, concluye.

 Es imposible averiguar cómo se llamaba su madre biológica, ni si realmente quería darla en adopción.

“El orfanato está ahora en manos del hijo de la dueña; es una de las mayores traficantes de niños. Tenía todo un centro de distribución de bebés y simplemente los esparcía por todo el mundo, con ayuda de agencias holandesas, que sabían de la trata de niños”, dice Deijle.

Persiste en su búsqueda, aunque a veces se arrepiente por el “dolor” que le ha causado descubrir su pasado.

UN BANCO DE ADN

Amanda Jansen posa durante la entrevista mantenida con la Agencia Efe. Amanda, nacida en 1985 y adoptada junto a otra niña, ha puesto en marcha un grupo de apoyo en Facebook y se moviliza para organizar un banco de ADN para poner en contacto a familias e hijos que se buscan entre sí. EFE/ Imane Rachidi

Amanda empezó su búsqueda en 2016 al quedarse embarazada y el médico le preguntó por el historial médico de su madre. “Fui a Sri Lanka con mis documentos, donde dice que he nacido en el hospital Castle Street de Colombo. Fui a los archivos y descubrí que no estaba registrada allí. Al ver que mi madre era de un pueblo de las afueras, el encargado me dijo que es poco probable que haya dado a luz allí; que cree que mis documentos son falsos”, dice.

Hay 11.000 niños de Sri Lanka “exportados” a Europa, 3.500 de ellos están en Países Bajos, y de estos, un 70 % “tienen papeles falsos”, señala Amanda, nacida en 1985 y adoptada junto a otra niña. La joven ha puesto en marcha un grupo de apoyo en Facebook y se moviliza para organizar un banco de ADN para poner en contacto a familias e hijos que se buscan entre sí.

En 2018, Amanda hizo su primer viaje con los kits de ADN para las madres. “Para mi, esto es una cuestión de espera hasta que alguien que busque a sus familiares contacte con la organización y con suerte coincida con el banco de ADN”, cuenta. Acabó encontrando papeles que coincidían con su certificado de nacimiento, pero se dio cuenta de que correspondían en realidad a los de su hermana adoptiva.

En Sri Lanka se llegó a hablar de la existencia de “granjas de bebés” donde las madres acudían a dar a luz y acababan “presionadas para entregar a sus bebes” en adopción. “Hemos escuchado historias de madres a las que les quitaron el DNI y no se lo daban hasta que no les entregara el bebé”, o les contaban que “iban a poder recuperar a su hijo cuando quisieran, pero que tenía un mejor futuro en Europa”, relata Amanda.

Andrew Silva, un guía turístico en Kalutara, en la provincia Occidental de Sri Lanka, ha ayudado a casi 150 adoptados a encontrar a sus madres biológicas en la isla durante las últimos dos décadas, aunque más de 1.000 personas, en su mayoría adoptados en países europeos, le han pedido ayuda para localizar a los suyos, lo que es como buscar una aguja en un pajar, lamenta.

“Por la información que tengo, puedo decir que cerca de 15.000 bebés fueron traficados a países europeos en la década de 1980”, asegura a Efe.

Señala las malas condiciones de vida, el estigma asociado a tener hijos fuera del matrimonio o las promesas de una vida mejor entre las causas que han hecho que miles de madres entregaran a sus hijos, a menudo bajo falsas promesas.

Otras nunca lo supieron: les contaban que el bebé había muerto durante el parto. “Todo esto se ha hecho de forma sistemática. Ha habido abogados, enfermeras y agentes que participaron en el proceso. Han falsificado documentos para que parezcan adopciones legales, pero en realidad no lo fueron”, relata Silva.

DE BANGLADESH A BRASIL

La neerlandesa Dewi Deijle, que lleva años buscando a su madre biológica en Indonesia, posa durante la entrevista mantenida con la Agencia Efe. EFE/Imane Rachidi

El sistema de adopciones falsas no solo llegaba a antiguas colonias neerlandesas como Sri Lanka o Indonesia. Mohammad Mojnu no recuerda sus primeros años en Bangladesh, país donde nació y creció seis años en el seno de una familia que vivía en un barrio de chabolas cerca de Dhaka. Su padre cayó enfermo y los vecinos convencieron a la madre para que lo entregara en adopción a una ONG neerlandesa con la promesa de comida y educación.

“Me dijeron que lo criarían y que podría traerlo de regreso a casa durante la temporada de mango y yaca (abril-mayo). Lo llevé a una casa en Dhanmondi (una zona residencial de lujo en Dhaka) donde vi a muchos otros niños. Mi hijo lloraba y decía ‘Mamá, no pediré arroz’.

Al salir por la puerta, también estaba llorando”, dijo a Efe su madre, Sairon, de 80 años. Cuando trató de recuperar a su hijo, le dieron la espalda.

Mojnu fue adoptado por una familia holandesa que vivía en Limburgo y con la que no tuvo una vida feliz.

 “Tenían un hijo y querían otro, pero mi madre adoptiva no se quedaba embarazada, así que decidieron adoptar. Cuando ya me tenían, mi madre se quedó embarazada de su segunda hija y yo resulté ser demasiado”, lamenta.

 “Mis padres adoptivos me dijeron a la cara que no me necesitaban. A los 12 años, yo estaba vagando por la calle, comía basura, ellos solo me daban pan seco. La Policía me recogió”.

Mojnu logró reunirse con Sairon en 2017, 42 años después, a través de Shapla, una ONG que ayuda a las madres biológicas y a los niños adoptados a reencontrarse. En sus documentos aparecía escrito que sus padres biológicos habían fallecido y que era hijo único.

Gideon llegó a Holanda desde Brasil, otro de los principales “proveedores” de bebés, junto a Colombia. “La mujer que en los documentos figura como mi madre estaba casada con el ginecólogo; ambos habían estado trabajando juntos para vender niños a padres adoptivos en otros países. A mis padres adoptivos les dijeron que les había costado mucho dinero mantenerme y tenían que pagar por ello antes de recogerme. Ese momento fue muy triste. Estuvo como dos días sin poder hablar. Estaba en shock”, asegura Gideon a Efe.

No tiene datos, pero plantea dos hipótesis: en el mejor escenario, su madre no tuvo dinero para cuidar de él y pidió a la pareja que localizara una familia.  O bien le quitaron el bebé y le dijeron que había muerto, para después venderlo a padres extranjeros.

HERMANOS DESAPARECIDOS

Durante la década de 1980 y 1990, Brasil era el cuarto país del mundo en adopciones internacionales, detrás de India y Colombia, pero desde finales de los noventa, un aumento de operaciones e investigaciones de la Justicia brasileña llevó al endurecimiento y profundización de las reglas.

En 1988, la Justicia Brasileña instauró una Comisión Parlamentaria para verificar las denuncias de tráfico de niños, en especial del Estado de Bahía, en el nordeste de Brasil. Entonces se calculaba que para cada niño adoptado legalmente había hasta dos llevados al extranjero de forma ilegal.

La búsqueda inversa la llevan a cabo Cristiano, de 44 años, y Valdineia Pereira, de 48, desde la ciudad de Ipiaú, en Bahía. Son dos hermanos de una familia brasileña de 15 hijos que tratan de localizar a dos de sus hermanos adoptados, según creen, por una familia que vive en algún país de Europa, en un proceso no del todo legal.

Al morir su madre de parto, el padre entregó a dos hijos en adopción “legal” y dejó otros dos al cuidado de un vecino “de forma provisional, un acuerdo verbal” para poder hacerse cargo del resto de hijos que tenía.

“Y ese señor entregó a los niños a una tercera persona y pronto los niños desaparecieron”, asegura Cristiano, que tenía entonces 12 años.

Para él, la muerte de su madre, la adopción de dos hermanos y la desaparición de otros dos fue “como la muerte de cuatro o cinco familiares a la vez, un shock” porque Cristiano es el mayor de la familia y había cuidado de todos ellos.

“Espero ese momento, ese reencuentro, cada minuto, puede pasar mañana mismo, ya no tengo esa sensación de que nunca más los volveré a ver, hoy tengo esperanza”, subraya.

Los dos hermanos que su padre entregó legalmente en adopción en Brasil ya fueron localizados con familias europeas. Pero de los otros dos, ni rastro.

Valdineia tiene una teoría: “Creemos que cambiaron los nombres de los dos que fueron adoptados ilegalmente. Aquí en Brasil no conseguimos localizar nada de ellos, ningún documento, nada en notarios, ni en juzgados”, añade. “Las parejas (extranjeras) llegan con dinero y compran todo. Compran las leyes y se llevan a los niños fuera de Brasil”, denuncia la mujer.

PADRES A MEDIAS

Muchos de los hijos adoptivos ven con sentimientos mixtos el papel de los padres adoptivos.

Por una parte también fueron engañados, explica Deijle, que no cree que sus padres adoptivos estuvieran al tanto de las irregularidades.

En todos estos casos, a las familias adoptivas “siempre les han contado la misma historia: la madre biológica es una mujer pobre, no está casada, el crío necesita cuidados o está enfermo, o no se sabe dónde está la madre biológica”, subraya.

“Siempre había cosas que no coincidían, nunca contaban la historia completa, y muchas veces daban tres diferentes versiones”, se queja Amanda de sus padres.

 Farida, que vive con sus hijos y su marido en un pueblo cerca de Ámsterdam, siempre supo que la adoptaron en Bangladesh, pero nunca pudo hablar de ello, ni de “sus sentimientos y del dolor” porque sus padres neerlandeses habían perdido a su hijo antes de adoptarla a ella y siempre “cargaron con ese dolor”.

Hoy se encuentra estancada en su casa lidiando con traumas psicológicos desarrollados en su infancia, entre ellos un persistente miedo al abandono.

A Gideon, sus padres adoptivos sólo le habían dicho que su madre lo “quería realmente, pero no podía cuidarle”, pero al conocer que su adopción se basó en documentos falsos, todo su “mundo dio un giro” y eso “influye en la relación” con la familia adoptiva.

 “Algunas cosas en mis papeles son tan obviamente erróneas que debían darse cuenta de algo, pero realmente querían tenerme, era justo antes de que cumplieran 46 años, la edad límite” para adoptar, detalla. Cuando empezó su búsqueda, hace ocho años, sus padres le dijeron que le respaldaban en esta tarea, pero no los siente totalmente implicados porque “tienen miedo” a perder a su hijo, explica.

Sin embargo, Gideon cree que “saber quién eres, de dónde eres, te da la fuerza y la base para sentirte seguro, y muchos niños adoptados atraen gente tóxica, narcisistas, porque es muy fácil manipularlos”.

“Mi problema es que nunca he sido capaz de reconocerme en otra gente cuando era niño, lo que es muy importante para tu desarrollo, tu autoestima. Siempre me sentí diferente, era muy duro crear confianza”, añade. Cuando localizó a otros jóvenes adoptados de Brasil en busca de sus padres, se empezó a ver algo reflejado.

LA NECESIDAD DE SABER

También Amanda cree que, sin desentrañar el proceso, una joven adoptada “no existe”, porque no tiene un nombre, ni una fecha de nacimiento, ni respuestas cuando la gente pregunta de dónde es, o si su propia hija se parece a su abuela.

Su hermana si tuvo respuestas al conocer, a través de la búsqueda de Amanda, a su familia biológica.

“Ella tenía cuatro años cuando fue adoptada, tenía una madre, un padre, cuatro hermanos. Había toda una familia. No es que no tuviera a donde ir. Es triste quitar un niño a su familia biológica y enviarlo a Europa para que tenga un futuro mejor. Tenía una familia, un futuro, no se estaba muriendo en el borde de una carretera. Y eso es lo que dicen a muchos niños: si no te hubiéramos adoptado, habrías muerto. Y sé ahora, por experiencia, que ese no es el caso”, lamenta Amanda.

Olivia Ramya Tanner creía estar a punto de dar con su origen.

Regresó a Sri Lanka en busca de su madre biológica cuando se dio cuenta de que “sufría síndrome de estrés postraumático” por la separación temprana de su progenitora.

Pero fue en vano. “La mujer que según mis papeles era mi madre resultó no serlo. Una prueba de ADN lo confirmó. Los datos de mi certificado de nacimiento pertenecen a una mujer con la que no tengo ninguna conexión y se utilizaron para mis documentos sin su permiso”, relata Tanner.

W. Leelawathi, de 67 años y residente en un pueblo de Kegalle, Sri Lanka, logró localizar a su hija Devi, que ahora tiene 38 años, a través del guía turístico Andrew Silva. La había dado en adopción una mujer que la cuidaba cuando tenía tres meses, sin que su madre lo supiera, con la excusa de que estaría con “un oficial de la policía sin hijos” y viviría con una “pareja acomodada”.

“Devi vino a verme este año. Incluso nos hicieron una prueba de ADN para ver si yo era realmente su madre, pero en el momento en que Devi me vio, dijo que no había ninguna duda al respecto”, asegura Leelawathi con lágrimas en los ojos.

Otras muchas madres y jóvenes aún esperan ese momento, el reencuentro con sus raíces.