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Londres, 6 feb (EFE).- Un estudio observacional basado en el consumo de antidepresivos entre personas de entre 50 y 70 años indica que es posible que a las mujeres les cueste más que a los hombres adaptarse a los efectos de un divorcio o una ruptura en la madurez.

La investigación, publicada este martes en ‘Journal of Epidemiology & Community Health’, refleja que el uso de esos fármacos entre las mujeres es mayor tanto antes como después de la separación y disminuye solo levemente pasado un tiempo, para después volver a repuntar.

El equipo dirigido por Yaoyue Hu, de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Medicina de Chongqing en China, reconoce que el mayor impacto psicológico para la mujer podría explicarse porque potencialmente afronta más desafíos vitales tras la ruptura, si el cónyuge era la parte con más peso económico.

El estudio constata que el divorcio entre personas de más de 50 años y su posterior emparejamiento son tendencias crecientes en los países de altos ingresos, por el envejecimiento de la población.

También señala que entre un 10 y un 15 % de la población mayor de 55 años experimenta síntomas depresivos clínicos significativos.

Sabiendo esto, los autores quisieron analizar el impacto del divorcio, la ruptura de una relación, el duelo o un nuevo emparejamiento en relación con el uso de antidepresivos.

Con ese fin, analizaron los patrones de consumo de esos medicamentos entre 1996 y 2018 entre 228.644 finlandeses de 50 a 70 años, que habían pasado por divorcios, rupturas o duelos, algunos de los cuales volvieron a juntarse en pareja.

De ellos, 85.031 (37 %) habían enviudado; 75.009 (33 %) estaban divorciados y 68.604 (30%) se habían separado.

En un promedio de 2 a 3 años, 53.460 iniciaron una nueva relación: 31.238 después de una ruptura; 15.958 tras un divorcio y 6.264 al fallecer su cónyuge.

Los autores notaron que más hombres que mujeres volvieron a emparejarse después de un duelo o una ruptura, mientras que no hubo diferencias marcadas en el caso de un divorcio.

Según los datos analizados, los hombres y las mujeres enviudados aumentaron en un 5,5 y un 7 %, respectivamente, el uso de antidepresivos entre 4 y 1 año(s) antes del fallecimiento, con un fuerte incremento en los 3 meses anteriores y los 3 posteriores. Aunque después descendió, se mantuvo más alto que antes de la pérdida.

De modo similar, el uso de antidepresivos aumentó en los seis meses previos al divorcio en un 5 % entre los hombres y un 7 % en las mujeres. Después cayó para ambos para estabilizarse al cabo de un año, si bien se mantuvo más alto que antes del divorcio.

En cuanto a la ruptura de una relación (con el fin de la convivencia), las mujeres aumentaron en un 6 % el uso de antidepresivos en los 4 años anteriores, frente a un 3 % en los hombres, dice el estudio.

Un año después de la separación, el consumo de la medicación en ambos casos volvió al nivel que tenía 12 meses antes, y se mantuvo ahí entre los hombres, mientras que volvió a repuntar posteriormente para las mujeres.

Los investigadores constatan que “la recuperación parcial y el aumento continuado del uso (de antidepresivos) parecen respaldar el modelo (sociológico) de recursos conyugales, que sugiere que perder a la pareja puede conllevar cambios estresantes en las circunstancias vitales (por ejemplo, una disminución de los ingresos del hogar o la pérdida de apoyo social) que persisten o se acumulan en el tiempo”.

“El modelo de recursos (relativo a las diferencias de estatus en la relación) parece aplicarse más a las mujeres que experimentan una separación que a sus homólogos masculinos”, afirman.

Los investigadores señalan que la menor disminución del uso de antidepresivos entre las mujeres después de volver a emparejarse puede explicarse porque, según otros estudios, el matrimonio beneficia más a la salud mental de los hombres que a la de las mujeres y los varones maduros tienden a juntarse en busca de apoyo emocional.

Además, añaden, “las mujeres a menudo asumen mayores responsabilidades en la gestión de las relaciones interpersonales entre las familias mixtas, por ejemplo con los hijos de la pareja, lo que podría socavar su salud mental”.

Los investigadores subrayan que, dado que se trata de un estudio observacional basado en el análisis de datos, no pueden establecer causalidad. Admiten además limitaciones, al carecer de contexto como el número o la duración de las relaciones, la red de apoyo u otras condiciones de vida.

En todo caso, concluyen que sus hallazgos “subrayan los desafíos de adaptarse a la disolución de una unión en la vejez y la necesidad de que haya apoyo”.

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