Publicidad

Estambul, 26 mar (EFE).- Tiene 84 años y cierto porte de princesa. Kenizé Mourad, reportera de guerra francesa, pero más conocida como escritora por novelar la historia de su madre, que fue nieta de uno de los últimos sultanes otomanos, sigue sintiéndose parte de la dinastía derrocada hace un siglo. Eso sí, sin nostalgia.

La periodista y escritora turco-francesa Kenizé Mourad, bisnieta del sultán otomano Murad V, en su casa en Estambul. EFE/ Ilya U. Topper

“De parte de la princesa muerta”, su novela más conocida, reconstruye la vida de su madre Selma (1916-1942), nieta del sultán Murad V, nacida en Estambul, criada en Líbano tras exiliarse la dinastía en 1923 y finalmente casada con un rajá indio.

Mourad, nacida en París en 1939, apenas conoció a su madre y se crió en un orfanato católico, que ocultó su existencia a su padre, Sayid Husein Ali, rajá de Kotwara.

“Las monjas me escondieron, porque él era musulmán y, por lo tanto, un villano abominable. Mi vida cambió por los prejuicios”, relata Mourad en una conversación con EFE en su apartamento en Estambul, donde vive hoy.

“Por eso siempre combato los prejuicios y defiendo las minorías”, agrega la periodista, quien admite que su vida como reportera francesa ha sido “mucho más interesante” que si se hubiera convertido en una princesa india, destinada a casarse y tener hijos.

La libertad, recuerda, la descubrió con 15 años, cuando las monjas la enviaron a Madrid para aprender español y en la pensión en la que se alojaba, nadie la controlaba.

“Podía llegar a medianoche, era maravilloso, tenía muchos novios, aunque en esa época solo se daban besitos y poco más”, recuerda riéndose.

Con 21 años, al cumplir la mayoría de edad, viajó a India a conocer a su padre, al que describe como “un señor intelectual, nada religioso”.

Dos años antes, gracias a una carta del rajá, pudo ponerse en contacto con el resto de la familia otomana en París, a la que no había conocido hasta entonces, ya que vivía la “juventud de una estudiante izquierdista en la Sorbona” y “sin un duro”.

“¿Como está usted, princesa?” fue el saludo que recibió de sus primas al verlas por primera vez en una mansión donde “todo era muy otomano”, recuerda.

Tras trabajar durante años en la revista Le Nouvel Observateur como documentalista, su oportunidad de convertirse en reportera llegó con la guerra de Bangladés en 1971, gracias a que ya conocía India.

Luego cubrió la revolución islámica de Irán, la guerra civil de Líbano, conflictos en Etiopía, la intifada palestina… Hasta que un día dejó el trabajo porque sentía que tenía que escribir una novela. La de su madre.

El éxito fue apabullante, con dos millones de ejemplares vendidos. Pero solo se hicieron ricos sus asesores financieros, no ella, recuerda.

Tras publicar en 2003 un libro de testimonios de palestinos e israelíes, crítico con la política sionista (‘El perfume de nuestra tierra’, Espasa 2012), la prensa de Francia le hizo el boicot, según cuenta, y la famosa reportera y escritora quedó apartada de los focos.

Hoy se mueve entre un pequeño apartamento en París y el de Estambul, con vistas al mar de Mármara y un retrato de su bisabuelo, el sultán Murad, en la pared.

Mourad obtuvo la nacionalidad turca en 1997, se siente parte del país, aunque no ha llegado a aprender la lengua, y lamenta que durante décadas, la República turca haya denigrado la dinastía otomana o menospreciado su herencia.

La llegada al poder del actual presidente, el islamista Recep Tayyip Erdogan, ha permitido apreciar de nuevo este pasado, asegura, además de equilibrar algo la división entre los turcos laicos y las masas conservadoras y religiosas, antes apartadas del poder político y económico.

“Había dos Turquías. Los occidentalizados, quizás un 30 % de la sociedad, no conocían a los otros, nunca hablaban con ellos”, recuerda Mourad, aunque admite que ahora, con la clase conservadora presente en los grandes negocios, la brecha sigue ahí y las visiones de ambos bloques son “incompatibles”.

Mourad es muy crítica con algunos miembros de la familia -“ovejas negras”, dice- que sueñan con recuperar un papel político o “dicen imbecilidades, como que el palacio otomano de Dolmabahçe es suyo: los palacios eran bienes del Estado”, insiste.

De todas formas, no ve entre los descendientes varones ninguna figura capaz de tener papel alguno.

“En mi familia -resume- las mujeres son mucho más fuertes que los hombres. Quizás porque los hombres (al terminar la dinastía) han perdido todo, mientras que las mujeres han perdido la riqueza, pero han ganado la libertad”.

Ilya U. Topper

Publicidad