Publicidad

Ginebra, 13 feb (EFE).- Pocas elecciones en España están tan pendientes del voto migrante como las autonómicas de Galicia, donde más del 17 % de los censados viven en el exterior, por lo que la campaña también se sigue con atención en un lugar como Suiza, el país europeo con la mayor comunidad gallega.

El país, al que decenas de miles de gallegos comenzaron a llegar desde los años 50 del siglo pasado y lo siguen haciendo en la actualidad, es la residencia de unos 41.000 de estos migrantes, de los que 34.000 están llamados a votar, un número sólo superado al otro lado del Atlántico, en Brasil, Argentina, Uruguay y Cuba.

Las elecciones son motivo de conversación estos días en las decenas de bares y centros gallegos que hay en las más importantes ciudades de Suiza, como As Xeitosiñas de Zúrich, A Roda de Lausana o la Irmandade Galega na Suiza de Ginebra, que llevan décadas difundiendo la cultura de Galicia en el país centroeuropeo.

La asociación ginebrina, que recientemente cumplió medio siglo de historia, ejemplifica a la perfección este tipo de organizaciones de lo que la Xunta de Galicia denomina la “galleguidade”, el conjunto de iniciativas que en todo el mundo mantienen viva la llama de la cultura autóctona entre los migrantes, sus hijos y nietos.

“Hemos tenido momentos mejores, otros peores, pero aquí seguimos a flote, 50 años después y con muchas ganas, adaptándonos a las nuevas generaciones, a la nueva emigración, e intentando ser activos también a través de las redes sociales”, cuenta a EFE su presidenta, Noemí Figuerola, quien ya nació en Suiza de padres gallegos.

Un rincón para sentirse en Galicia

Pocas elecciones en España están tan pendientes del voto migrante como las autonómicas de Galicia, donde más del 17 % de los censados viven en el exterior, por lo que la campaña también se sigue con atención en un lugar como Suiza, el país europeo con la mayor comunidad gallega. En la imagen, vista del local de la asociación "Irmandade Galega Na Suiza", ubicado en el barrio de Onex, a las afueras de Ginebra. EFE/ Anisia Gil

La sede de la asociación se encuentra en Onex, un barrio obrero de las afueras de Ginebra, y a ella por las tardes se acercan los más fieles para jugar a las cartas mientras se toman una Estrella Galicia o echan una partida al futbolín, que como todo gallego presume fue inventado por su paisano Alejandro Finisterre.

En las mesas del bar se mezclan el francés, el castellano y el gallego, aunque esta última lengua es la que se usa oficialmente en las comunicaciones oficiales de la asociación, y también es la que puede leerse en los mapas y folletos del Camino de Santiago, ruta que se promociona desde la institución.

Los gallegos de ésta y otras asociaciones llevan con discreción a quién votarán, en unos comicios donde hay especial interés en ver qué efecto tendrá la supresión en 2022 del voto rogado, pues se espera que la simplificación de trámites conlleve una mayor participación en éste y otros focos de la diáspora gallega.

La atención a estas comunidades en el exterior se hizo patente el pasado año con la visita a Suiza del presidente de la Xunta, Alfonso Rueda, quien en octubre participó en los actos por el 50 aniversario de la Irmandade y promocionó el programa Estratexia Galicia Retorna, con el que se busca facilitar el regreso de 30.000 personas.

Los primeros emigrantes gallegos llegaron a Suiza hace más de 60 años para abastecer a las fábricas de la zona germanoparlante del país, pero esta emigración se aceleró especialmente cuando en 1961 España y Suiza firmaran un acuerdo para la contratación de mano de obra española.

De la obra a la alta tecnología

En una ciudad como Ginebra, recuerda la presidenta de la Irmandade, muchos de los gallegos que llegaron en esa época se dedicaron a la construcción y a la hostelería, en contraste con muchos de los que llegan ahora con estudios superiores para trabajar en prestigiosas instituciones como el Centro Europeo para la Física Nuclear (CERN) y su famoso acelerador de partículas.

“Suiza era entonces un país hermético, muy cerrado, que no aceptaba al extranjero en un principio, pero por suerte esto ha cambiado y hoy sí que es fácil integrarse”, afirma Figuerola, matizando que suele ser un poco más fácil, por afinidad lingüística, en el oeste francoparlante frente al este germanoparlante.

En la ciudad bañada por el lago Lemán, subraya, muchos de los gallegos proceden de la comarca coruñesa de Ordes, en la cuenca del Tambre, dado que en muchos casos la migración se extendía por el boca a boca, cuando un vecino de pueblos como Tordoia o Cerceda ayudaba a otros a asentarse en Centroeuropa.

“A menudo venían primero los hombres durante un cierto tiempo, para regresar a Galicia a los seis meses y, a la que iban consiguiendo contratos más estables, traían al resto de su familia”, rememora la presidenta de la asociación.

Muchos de esos migrantes, añade, trabajaron en la construcción de uno de los símbolos de la ciudad, el muy fotografiado Puente del Mont Blanc, en el punto donde el lago Lemán se vuelve a convertir en el Ródano.

La huella de lo gallego en Ginebra está hoy más viva que nunca, en un momento en el que la ciudad tiene un alcalde nacido en Corme (A Coruña), Alfonso Gómez, del local Partido Verde. EFE

Antonio Broto

Publicidad