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Bruselas, 20 mar (EFE).- El consejero delegado de la aerolínea irlandesa de bajo coste Ryanair, Michael O’Leary, ha cosechado en treinta años de vida pública fama de ser uno de los empresarios más provocadores del mundo, y rara es la vez que tenga un micrófono delante y desaproveche la oportunidad de dejarle un recado brutal a alguien.

Pero no es sólo consecuencia de su personalidad, sino que ese temperamento responde también a una calculada estrategia de promoción que le reporta beneficios económicos, porque “cuando tienes un gran negocio orientado al consumidor, como Ryanair, todo lo que tienes que hacer es hacer ruido y las reservas seguirán”, dice O’Leary (Dublín, 1961) en una entrevista con EFE.

“Estoy completamente dispuesto a recibir tartas en la cara”, prosigue el multimillonario empresario, recordando cuando el año pasado en Bruselas, frente a la sede de la Comisión Europea, unos activistas climáticos le estamparon dos tartas en la cabeza delante de las cámaras de televisión.

O’Leary aguantó estóicamente, se limpió con un pañuelo y siguió con su intervención, criticando que el Ejecutivo comunitario no proteja a las compañías aéreas de las huelgas de controladores.

“Me encantan las tartas de nata, son mis favoritas”, se limitó a decir cuando la prensa le interrumpió para preguntar por el incidente.

El jefe de Ryanair presume de que su empresa gasta unos 20 millones de euros en publicidad al año y sus competidores unos 400 millones “para llevar el mismo número de pasajeros”, y está convencido de que le salen rentables las polémicas por pretender cobrar por ir al baño en el avión o quitar los asientos para meter más pasajeros.

Aquel tartazo “que dio la vuelta al mundo” hizo que las reservas en su aerolínea aumentaran “durante los siguientes tres o cuatro días” y reafirma una estrategia que “hasta ahora ha funcionado (…), siempre y cuando el ruido nunca esté relacionado con algún fallo de seguridad o fracaso en la seguridad”, comenta.

Huelga y ecologistas

O’Leary también charla con EFE de dos de sus grandes caballos de batalla: las políticas medioambientales y las huelgas de controladores aéreos.

“Los Verdes han hecho muy poco en Europa en los últimos diez o veinte años. Impuestos más altos y un costo menos competitivo para los consumidores europeos”, lanza.

Recuerda que el actual gobierno de Alemania de socialdemócratas, verdes y liberales decidió “empezar a quemar carbón, reabrir las minas de carbón y las mentes del carbón” a cambio de abandonar la energía nuclear; mientras que el ministro irlandés de Transporte, Eamon Ryan, también ecologista, “todo lo que ha logrado es que Dublín ahora sea la segunda ciudad más congestionada del mundo y el aeropuerto de Dublín esté saturado”.

“Dondequiera que veas políticas verdes, ves la mano muerta de la burocracia, la falta de innovación y un mal trato para los consumidores”, opina.

Preguntado sobre si esas políticas no contribuyen también a frenar el calentamiento climático, el empresario contraataca criticando las incoherencias que detecta en la legislación medioambiental y defendiendo la inversión y la innovación como herramientas más eficientes.

“Esa gente no te va a llevar a un clima mejor, especialmente donde los impuestos son tan discriminatorios de manera extraña. Las únicas personas a las que gravamos son los pasajeros europeos. Las personas más ricas que vienen aquí a Europa en vuelos de larga distancia desde América, China, Rusia están completamente exentas de estos impuestos”, señala sobre las tasas al CO2 que pagan las aerolíneas en la UE.

Dice estar a favor de “un futuro más verde” y asegura que su empresa invierte en aviones más eficientes.

 “Estamos haciendo esas inversiones tecnológicas y no tiene nada que ver con los partidos verdes que han sido un fracaso absoluto en toda Europa”, sentencia.

Las huelgas de controladores aéreos, especialmente en Francia, son otro de los temas que critica sin descanso el jefe de Ryanair, que reclama a la Comisión Europea que garantice el correcto funcionamiento del mercado único protegiendo los “sobrevuelos”, es decir, un avión que atraviesa el espacio aéreo de un país donde hay una huelga pero en el que no tiene previsto tocar tierra, como ocurre en España, Italia o Grecia.

“Una huelga nacional es un deporte nacional en Francia. El año pasado, los controladores de tráfico aéreo franceses hicieron 53 días de huelga quejándose de las reformas de (Emmanuel) Macron, de las cuales estaban exentos. Ni siquiera les afectaba y aún así, hicieron huelga 53 veces”, concluye.

Javier Albisu

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