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Bogotá, 2 nov (EFE).- En la pizarra de la entrada, con una caligrafía casi perfecta, los dueños de la gallera van anotando los rivales de la noche: los gallos no tienen nombre, no es relevante, pero sí lo es el peso y el tamaño para enfrentarlos en “condiciones justas” en un espectáculo que ha quedado atrapado en el tiempo en Colombia.

Un hombre sostiene un gallo en Bogotá (Colombia). EFE/ Mauricio Dueñas Castañeda

“Es un gallo que no puede perder”, se mostraba confiado el viejo coronel de Gabriel García Márquez, que en su obra “El coronel no tiene quien le escriba” ya daba muestras de la importancia que tienen las peleas de gallos en Colombia: son parte de la cultura popular, de las fiestas y de la vida de muchas personas que defienden una tradición estancada.

Dos gallos pelean en Bogotá (Colombia). EFE/ Mauricio Dueñas Castañeda

Las galleras, que siguen contándose por decenas en Bogotá y por miles en Colombia, tienen una particular dinámica que se repite cada vez que abren sus puertas. Los dueños de los gallos llegan con los ejemplares, los pesan y los miden para después meterlos en unos casilleros donde aguardan pacientes su turno de entrar en la riña.

Antes de “debutar” pasan por el “taller” en el que les ponen las espuelas de carey o plástico que les adhieren a las patas con cera caliente o cola.

En San Miguel, una gallera de Bogotá que acoge peleas desde hace 62 años, cuando a los gallos les llega el turno de entrar en acción los cuidadores los entregan a los jueces mientras sus dueños esperan y apuestan metidos entre el público.

En la gallera, de forma circular, los jueces hacen una especie de prueba de dopaje a los animales antes del último paso del ritual: todos se retiran del escenario y los jueces enfrentan a los gallos, todavía en sus manos, acercándolos y separándolos en una ceremonia de reconocimiento previa a la pelea.

Tras esto, los sueltan cada uno en un extremo y empieza la riña con una cuenta atrás de ocho minutos, lo que duran actualmente las peleas.

EL DOMINGO “A MISA Y A LA GALLERA”

Galleros como Carlos Mario Isaza insisten: “No hay sector más protector de los animales que los galleros”. A él se suma su compañero en la afición, Raúl Rojas, quien dice a EFE que es una actividad que se volvió rutinaria. “¿Qué hace el campesino de Colombia? Trabaja toda la semana y el domingo va a misa y a la gallera”.

“Prácticamente en todos los países hay peleas de gallos, eso es parte del acervo cultural que nos dejaron los españoles y lo único que estamos pidiendo es que no solo lo respete, sino que también lo garantice el Estado colombiano”, afirma Isaza.

Ante las acusaciones de tortura animal, el argumento de Rojas es que tienen un propósito, “el desarrollo de la humanidad”.

No obstante, la senadora Andrea Padilla, impulsora del proyecto de ley que busca prohibir las peleas de gallos, recuerda que la Corte Constitucional señala que “existen diferencias entre la cultura y las prácticas culturales”.

“El derecho al acceso a la cultura no se vulnera con prohibir prácticas culturales que puedan entrar en conflicto con otros valores”, dice Padilla citando al alto tribunal, por lo que, según ella, no entraría en conflicto prohibir los espectáculos con animales por ser considerado tortura y maltrato con un menoscabo a la cultura.

PENDIENDO DE UN HILO

La reacción de los galleros a este proyecto de ley que se tramita en el Congreso, que busca prohibir las peleas de gallos y otros seis espectáculos con animales, ha sido de indignación y molestia ante una actividad que consideran “cultural”.

Isaza agrega que las peleas tienen “un gran arraigo (…) y forman parte de la actividad de muchos campesinos”, por lo que se muestra muy enfadado de que un grupo de congresistas “que no conocen la diversidad étnica ni cultural del país propongan prohibir estas tradiciones con el pretexto de proteger una especie”.

“No puedes configurar culturalmente al país (…) pretender indicar al grueso de la población colombiana como se debe divertir”, añade.

Además, es “una afición que se va a acabar por inercia, con el tiempo, porque nuestros hijos están muy lejos” de participar en las peleas de gallos, reconoce el presidente de la Federación Nacional de la Gallística Colombiana (Fenagacol), Olimpo Oliver, en referencia a la elevada media de edad de los asistentes a las galleras, donde casi no hay jóvenes ni mujeres.

De esta forma, las peleas de gallos están pendientes de un hilo en Colombia, atrapadas en un tiempo que las arrincona por el avance de la modernidad y de los derechos que también incluye los de los animales.

Laia Mataix Gómez

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