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Buenos Aires, 9 nov (EFE).- Baluarte de los humildes ante los vicios del poder o encarnación de las tradiciones y los buenos modales: esta es la “grieta” que alumbra las infinitas interpretaciones de Martín Fierro, personaje creado por el escritor argentino José Hernández en 1872.

La historiadora Paula Etkin muestra un libro de Martin Fierro el 8 de noviembre de 2022, en el Museo de Arte Popular José Hernández, en Buenos Aires (Argentina). EFE/ Enrique García Medina

Ese carácter excepcional del gaucho, tergiversado hasta la saciedad por críticos y afines, no ha perdido un ápice de su vigencia en la actualidad, cuando se cumplen 150 años de un poema “canonizado” desde diferentes ámbitos políticos, civiles, populares y literarios.

Fotografía de un libro de Martin Fierro escrito por el escritor argentino José Hernández, en el Museo de Arte Popular José Hernández, el 8 de noviembre de 2022, en Buenos Aires (Argentina). EFE/ Enrique García Medina

“El consenso es la ligación efectiva, íntima y estrecha entre el Martín Fierro y la República Argentina; de ahí que la historia de un gaucho imaginada se haya establecido como un objeto de disputa”, afirma en entrevista con EFE Matías Emiliano Casas, historiador y autor del ensayo “Como dijo Martín Fierro: Interpretaciones y usos del poema durante el siglo XX” (Prometeo Ediciones).

UN GAUCHO AMBIVALENTE

Disgregada con el paso del tiempo, la historia original de Martín Fierro empieza con su deserción. Tras años encerrado en un fortín, donde sufrió múltiples maltratos físicos y vejaciones, Fierro regresa a su hogar, aunque no encuentra nada de lo que había dejado, ni a sus hijos, ni a su mujer, ni su casa.

La ira lo convierte en un “gaucho matrero”, prestado a la bebida y a las peleas, en pugna permanente con las autoridades policiales y judiciales. Incapaz de aceptar esa realidad opresiva, Fierro termina huyendo al desierto con el sargento Cruz, su fiel compañero, para alejarse de la civilización que tanto lo había perseguido.

Así concluye la primera parte del poema, publicada a finales de 1872 y cuyo impacto, en palabras de Casas, fue “inmediato” en los sectores populares y en las clases letradas, atemorizadas, estas últimas, por la proliferación de personajes “que cuestionaban las lógicas de poder y de justicia”.

Siete años después, José Hernández lanzó la segunda parte de la obra, “totalmente diferente” a la primera. Reconciliado con la sociedad que lo maltrató, Fierro abandona el cuchillo y agarra la guitarra para brindar consejos morales sobre las conductas y los vínculos sociales, transformándose en un gaucho “alejado de todo pleito”.

“Hernández escribió la primera parte en un clima de enfrentamiento con el Gobierno nacional. En 1879 pasa todo lo contrario, Hernández ya se había integrado a la clase política y ya fungía como diputado”, señala Casas al abordar la segunda parte del poema, que concluye con la “promesa” de continuar el relato en un futuro.

USOS POLÍTICOS DEL POEMA

José Hernández, fallecido en 1886, no publicó una tercera parte del “Martín Fierro”, dejando un vacío que fue ocupado décadas después por las élites políticas del país, quienes convirtieron al gaucho en un “objeto de disputa estatal con tintes nacionalistas”.

Según el historiador Ezequiel Adamovsky, premiado por su ensayo “El gaucho indómito: de Martín Fierro a Perón” (Siglo XXI), el primero en utilizar al personaje de Hernández con fines políticos fue el intelectual conservador Leopoldo Lugones, quien encumbró al “Martín Fierro” como “el gran poema nacional”, una suerte de “Ilíada argentina”.

“Lugones trató de construir (en 1913) un discurso nacional montado sobre ese gaucho que fustigaba a los inmigrantes extranjeros, que para él representaban una amenaza, porque estaban muy involucrados con el movimiento obrero”, asegura Adamovsky a EFE.

La propuesta de Lugones, recibida con bastante frialdad en un principio, fue recuperada posteriormente por los anarquistas, que veían en Fierro una figura funcional a sus intereses revolucionarios, y de forma definitiva por el peronismo, movimiento que dio una “intensidad inusitada” al poema en términos políticos.

Esa miríada de lecturas constata la imposibilidad de limitar al “Martín Fierro” en un sentido concreto, en parte por las diferencias entre las dos partes del poema, que obligaron a sus intérpretes a obviar pasajes completos de la obra.

“Lo que está de fondo es a quién pertenece Martín Fierro (…). Creo que de ningún modo podríamos contestar esa pregunta de manera inequívoca o unilateral”, sostiene Casas.

SÍMBOLO DE LA ARGENTINIDAD

Para Adamovsky, el “Martín Fierro” y la imagen del gaucho conservan su poder de convocatoria en la Argentina contemporánea, tanto entre grupos tradicionalistas y conservadores como en sectores populares y literarios.

Una trascendencia y éxito motivados, precisamente, por la capacidad del poema de sintetizar las tensiones que atraviesan al país suramericano, marcado desde su génesis por la desigualdad social.

“(Martín Fierro) es inabarcable, no tiene fin, no tiene techo, lo que provoca que esa experiencia original de 1872 quede ciertamente olvidada por momentos, en función de otras voces o intereses”, subraya Casas, que reivindica al gaucho de Hernández como uno de los principales “símbolos de la argentinidad”.

Javier Castro Bugarín

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