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Madrid, 7 ene (EFE).- Ni Juana, la hija de los Reyes Católicos, estaba loca ni su madre, la reina Isabel, vendió las joyas para financiar el viaje de Colón a América, como tampoco fueron los ingleses los inventores del Parlamento sino que nació en León, todas ellas leyendas que desmontan las historiadoras españolas María y Laura Lara Martínez en un ensayo.

“Mentiras de la historia de España”, publicado por Espasa, es el título del libro en el que estas escritoras e historiadoras, que son también hermanas, descubren algunos de los tópicos que han sobrevivido a lo largo de los tiempos.

Por ejemplo, la historia de la reina española Isabel la Católica, señalan las historiadoras, aparece salpicada de mentiras, como el rumor de que decidió no cambiarse de ropa hasta la toma de Granada y la expulsión de los árabes de España o la hipótesis de que el descubrimiento de América se hizo gracias a que vendió sus joyas.

Es cierto que las ofreció como garantía de un préstamo para sufragar el viaje de Colón pero el escribano y prestamista Luis de Santángel no se lo permitió y se hizo cargo de buena parte de los gastos.

Tampoco Juana I, su hija, estaba loca, aunque sus coetáneos se empeñaron en presentarla como demente, y sufrió el maltrato de su padre, Fernando; de su marido, Felipe, y de su hijo, Carlos.

Pero ella halló en la presunta locura un subterfugio: al morir Felipe el Hermoso mandó desenterrar su cadáver “no por apego a sus vísceras sino porque de este modo evitaba que la casaran de nuevo”. Porque existía en Castilla la tradición de que una reina viuda no podía contraer matrimonio de nuevo si su marido estaba insepulto.

¿FUE EL BRITÁNICO EL PRIMER PARLAMENTO?

Generalmente, explican las historiadoras, cuando se piensa en el origen del parlamentarismo viene a la cabeza la imagen de Gran Bretaña y, sin embargo, el hito está en el entonces reino español de León en 1188 cuando Alfonso IX convocó allí un consejo real, conformando el precedente de unas Cortes, pues a la reunión acudieron representantes de la nobleza y del clero pero también representantes elegidos por el pueblo.

En este marco se redactaron los Decreta de León, la prueba más antigua de la participación del pueblo en la toma de decisiones mientras que en otras naciones europeas esto no ocurrió hasta el siglo XIII.

Tampoco Felipe IV fue un rey pasmado ni Carlos II estaba hechizado como apuntaban sus apodos, dicen las escritoras.

Carlos II, al que la endogamia causó estragos, mantuvo el sentido de la dignidad y trató de contrarrestar su debilidad con la bondad, la piedad y la rectitud moral, virtudes que sin embargo quedaron ensombrecidas por su inclinación al ocio y por los arranques de cólera. Es el único rey español que murió, el 1 de noviembre de 1700, sin ver el mar.

También vuelven a aclarar el origen de lo que se llamó “gripe española” en 1917, un término acuñado cuando, frente al silencio de los países contendientes en la Primera Guerra Mundial, donde se aplicó la censura para no crear alarma, tanto se habló en la prensa española de la pandemia que se quedó por los siglos con ese apellido.

En la Guerra Civil, las autoras se detienen en el reclutamiento fuera de las fronteras españolas para ayudar a ambos bandos, como ocurrió por ejemplo con los italianos, a los que les dijeron que viajarían a España para participar como extras en una película sobre Escipión el Africano y, al desembarcar en Cádiz, se enteraron de que iban a una guerra real.

Otra de la anécdotas recogidas en el libro es la que ocurrió cuando Evita Perón, la primera dama argentina, visitó España en 1947.

Desde Barcelona, Evita se despidió con una alocución emitida por Radio Nacional de España y el Estado la homenajeó con una salva de veintiún cañonazos. Aunque estuvo a punto de no hablar porque la diplomacia no entendió bien la orden de Franco. El dictador español había dicho: “Evita, que hable”, pero el periodista no colocó bien la coma y pensó que había que prohibir que le pasaran el micrófono.

Carmen Naranjo

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