Publicidad

Nairobi, 4 feb (EFE).- El presidente de Namibia, Hage Geingob, murió poco después de la pasada media noche a los 82 años, dejando tras de sí un legado agridulce marcado tanto por su participación en la lucha por la independencia como por la extrema desigualdad de la que no consiguió librar a su país.

“La nación de Namibia ha perdido a un distinguido servidor del pueblo, un icono de la lucha por la liberación, el principal arquitecto de nuestra Constitución y el pilar de la casa de Namibia”, dijo hoy al anunciar la muerte de Geingob a través de la red social X el vicepresidente namibio, Nangolo Mbumba.

Aunque Mbumba no detalló la causa de la muerte, el anuncio se produjo después de que la Presidencia revelara el pasado 19 de enero que Geingob había sido diagnosticado con cáncer, lo que lo llevó a viajar a Estados Unidos esta semana para recibir un “tratamiento novedoso”.

Esta no era la primera vez que la enfermedad golpeaba al mandatario, que en 2014, cuando ocupada el cargo de primer ministro, aseguró haber sobrevivido a un cáncer de próstata.

Geingob presidía el país desde 2015 y debía completar este año su segundo y último mandato, antes de las elecciones presidenciales y legislativas previstas para este 2024.

Asimismo, dirigía la gobernante Organización Popular del Suroeste de África (SWAPO, por sus siglas en inglés), que ha estado al frente de esta desértica nación meridional desde su independencia en 1990 de la Sudáfrica del régimen segregacionista del apartheid.

Un luchador por la libertad

Nacido en Otjiwarongo (norte) en 1941, Geingob se involucró en la lucha por la liberación de lo que luego sería Namibia en los años sesenta, mientras estudiaba para ser maestro.

Era una carrera bajo la que iba a tener que someterse a los principios segregacionistas del sistema de educación bantú, impuesto desde la vecina Sudáfrica, que garantizaba una formación peor para la población negra.

La causa libertadora le llevó a recorrer África y sufrió dos intentos de asesinato por parte de las Fuerzas Armadas sudafricanas.

Su trayectoria revolucionaria continuó en EE.UU., donde estudió en universidades de Filadelfia y Nueva York y ejerció de representante de la entonces clandestina SWAPO ante las Naciones Unidas.

A su regreso a Namibia, en 1989, demostró su compromiso y carácter conciliador liderando la asamblea constituyente que redactó la nueva Constitución.

Promesas de cambio

Ya en democracia, Geingob ocupó los cargos de primer ministro (1990-2002), ministro de Comercio (2008-2012) y de primer ministro nuevamente desde 2012 hasta 2014.

Fueron años clave en los que Namibia, una nación de grandes recursos mineros, como diamantes o uranio, no solo creció económicamente sino que, además, demostró ser casi insólitamente estable en la habitualmente convulsa región subsahariana.

Así, cuando Geingob optó por primera vez a la Presidencia en 2014, todo apuntaba a una victoria muy fácil.

Y así fue: el dirigente, de etnia damara, ganó con casi un 87 % de los votos y se convirtió en el primer presidente no perteneciente a la mayoría ovambo del país.

Ascendió al poder con llamamientos a arrimar el hombro desde todos los sectores para luchar contra la extrema desigualdad y la pobreza y con promesas de paliar la corrupción y la autocomplacencia de los funcionarios públicos.

La desigualdad

La gestión presidencial de Geingob no fue tan exitosa, sin embargo, como su elección.

Aunque la estabilidad y las políticas macroeconómicas permitieron a Namibia reducir a la mitad sus niveles de pobreza entre los años noventa y 2016 y la convirtieron en un país de “ingresos medianos altos”, según el Banco Mundial (BM), esta nación es una de las más desiguales del mundo.

Namibia se enfrenta, además, a una alta inflación y la tasa de desempleo supera el 20 %, según el Fondo Monetario Internacional (FMI), con especial incidencia entre la población joven, mientras su deuda pública representa más del 70 % de su PIB.

Además, el país sigue sin respuestas para problemas históricos como el desigual reparto de la propiedad de la tierra.

Geingob tampoco se libró de la corrupción y, por ejemplo, a las puertas mismas de las elecciones de 2019, dos ministros de su equipo dimitieron tras destaparse un escándalo de sobornos pesqueros millonarios, pagados presuntamente por una empresa islandesa.

 A pesar de estos problemas, el mandatario logró la reelección en 2019, con un 56,3 % de los votos, convirtiéndose en otro ejemplo en la región -como Sudáfrica, Mozambique o Zimbabue, con distintos niveles de legitimidad- de como el poder sigue ligado a quienes lucharon por la liberación.

 Lucía Blanco Gracia

Publicidad